Cardenal Antonelli: La práctica pastoral no puede afirmar lo que la doctrina niega

28 July 2015

Después del reciente libro "Crisis del Matrimonio y Eucaristía", el Cardenal Antonelli interviene de nuevo en el debate sobre la comunión eucarística y los divorciados vueltos a casar, de cara al próximo Sínodo de Obispos del mes de octubre.

En una relación de tres páginas publicada en la web del Pontificio Consejo para la Familia, el Cardenal señala la contradicción objetiva entre la segunda unión sucesiva al fracaso del matrimonio y la misión de la Iglesia en cuanto sacramento universal de salvación.

La relación completa, que lleva como título “Dar testimonio del amor esponsal de Cristo” puede leerse aquí. Destacamos a continuación algunos pasajes:

En el mundo occidental la mentalidad individualista impregna la conducta sexual más de lo que la impregna la economía liberal. Se corre desenfrenadamente tras el placer. (…)

El matrimonio se reduce a la convivencia, basada en la gratificación mutua y en la convergencia temporal de intereses. La enseñanza de la Iglesia se juzga como fuera de la realidad; una locura, digna de desprecio y de burlas. los cristianos, que quieren seguir a Jesús como verdaderos discípulos, están llamados a ir decididamente contra corriente. (…)

Si a veces la interrupción de la convivencia puede convertirse en un mal menor y llega a ser finalmente necesaria, jamás sería lícito contraer otra unión (cf. San Pablo, 1 Cor 7, 10-11; Concilio de Trento, Canon 7, DH 1807). Es precisamente la segunda unión la que niega totalmente el don irrevocable de Dios y la que contradice por completo la indisolubilidad del matrimonio. La Iglesia nunca se ha atribuido el poder de cambiar la enseñanza de Jesús, de hacer excepciones y de conceder dispensas. Ha querido sólo escucharla e interpretarla con una actitud de obediencia, llegando progresivamente a precisar que la indisolubilidad absoluta concierne sólo al matrimonio sacramental, rato y consumado. (…)

Según la enseñanza de San Juan Pablo II, es deseable que la conversión conduzca a los divorciados que se han vuelto a casar a interrumpir la vida en común; pero, si esto no es posible por razones graves, puede ser suficiente el que se abstengan de tener relaciones sexuales, ya que éstas están reservadas exclusivamente al matrimonio auténtico (cf. Familiaris consortio, 84). (…)

No se debe subestimar la dimensión social esencial del hombre ni la dimensión eclesial de los sacramentos. Puesto que la Iglesia es sacramento universal de salvación (…) sus elementos constitutivos, en primer lugar la predicación del Evangelio y la celebración de los Sacramentos, exigen ser veraces, coherentes y transparentes. (…)

Si la Iglesia concediese la comunión eucarística a los divorciados que se han vuelto a casar sin exigir la continencia, reconocería la segunda unión como moralmente lícita e implícitamente negaría la indisolubilidad del primer matrimonio. Cualquier concesión generalizada, aunque sea apoyada por razones pertinentes (por ejemplo, imposibilidad para recuperar el matrimonio anterior, deberes con los hijos nacidos de la segunda unión), implicaría que, al menos en algunos casos, el matrimonio sacramental, rato y consumado, pudiera ser disuelto. La práctica pastoral afirmaría lo que la doctrina niega. La Iglesia añadiría un contra testimonio más al contra testimonio de aquel que convive con una persona que no es su cónyuge. (…)

En esta perspectiva, es comprensible que, en lo que respecta al problema de la admisión de los divorciados casados de nuevo a la Eucaristía, hay que tener en cuenta la situación objetivamente desordenada, y no únicamente la calidad de las disposiciones subjetivas. Es comprensible que la regla general deba ser la de no admitir a los divorciados casados de nuevo que conviven de manera conyugal. Ninguna concesión general, y mucho menos pública. Sin embargo, sí a la acogida en la comunidad cristiana de los divorciados incontinentes, a la amistad fraterna, al respeto por las personas y por las conciencias. (…)

La Iglesia ofrece a todos la posibilidad de encontrar la misericordia de Dios, pero de diferentes maneras, operando un prudente discernimiento en las diversas situaciones.

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