El significado público del Belén. Por qué y cómo

5 December 2015

(de Giampaolo Crepaldi) También este año, en la cercanía de las fiestas de navidad, ha vuelto la polémica sobre los belenes en los lugares públicos, sobre todo en las escuelas. Se han verificado muchos casos de suspensión de esta tradición, donde aún estaba presente, junto con la suspensión de cantos religiosos inspirados en la Navidad. Nuestro Observatorio desea hacer, sobre este propósito, algunas reflexiones.

Antes de nada conviene tomar nota de que el proceso de secularización no podía ciertamente detenerse ante el Belén. Desde este punto de vista, desgraciadamente, no hay motivo para sorprenderse. La sociedad actual desde hace tiempo ha tomado distancias de la religión, no solo impidiéndole toda manifestación pública y creando un mundo en el que no se encuentra a Dios, sino también desarrollando criterios de juicio y actitudes sociales directa y sistemáticamente contrarias a la fe cristiana y en particular católica. Sería motivo de sorpresa que la secularización se hubiera detenido ante las figuras de yeso y la gruta con el musgo encima. Con esto no se pretende dar valor a tal proceso y a su resultado, sino sólo señalar que no ha nacido ayer y que ya ha dañado en la base muchos elementos de la así llamada civilización cristiana. El ataque al Belén requiere por parte católica una seria reflexión sobre la secularización y su dinamismo.

En segundo lugar, se ha de observar que protestan contra la construcción del Belén en lugares públicos. El sentido es preciso: la fe puede ser como máximo tolerada como un hecho privado. El Belén se hace en casa y no en la calle. Es la privatización de la fe religiosa, de la que la laicidad occidental alardea como única fe propia. Este debería valer para todas las religiones. Todas deberían abandonar la plaza pública y trasladarse entre las paredes domésticos. La sociedad que derivaría sería una sociedad sin Dios y esta viene vendida por su neutralidad respecto a todos las creencias, o sea por su presunta laicidad. Pero ¿cómo puede ser neutro quien quiere eliminar todo? ¿Cómo puede ser neutro quien discrimina las creencias religiosas privándolas de su presencia pública?

Es cierto que el Estado tiene, en algunos casos, el deber de prohibir la manifestación pública de la religión. El derecho a la libertad religiosa, por lo que se refiere al llamado fuero externo, no es absoluto, sino sometido al orden público y al bien común. El Estado, por el bien común, puede limitar o incluso prohibir completamente la presencia pública de una religión. Pero en el caso que nos ocupa, la prohibición no se basa en la salvaguarda de un bien común, que el Estado no es ni siquiera capaz de imaginar, sino por un acto de imperio que revela un absolutismo político muy peligroso. Manifiesta una política que se hace religión y que compite con las religiones sobre su mismo nivel absoluto. Se presencia así un choque entre dos religiones, y la laicidad, que debería ser un espacio neutro y por tanto pacífico, se convierte en un lugar peligroso por conflictivo.

La tercera observación que hacer se refiere a la calidad de la oposición que normalmente se realiza contra tales medidas. En general ésta hace referencia a la civilización cristiana, a nuestra historia y a cómo nuestra vida social, nuestros criterios morales, nuestras costumbres, además de las obras de arte que han formado nuestras mentes, hunden sus propias raíces en el cristianismo. Es difícil tener dudas sobre este tipo de argumentos. Italia –y con ella todo el Occidente– no sería él mismo sin las propias raíces cristianas que son bien visibles por todas partes en torno a nosotros. Es legítimo y obligado hacer valer este argumento histórico y de identidad contra quienes sostienen que, en cambio, para convivir con los demás, habría que desprenderse de las propias tradiciones y de todo lo que éstas nos dan todavía hoy. La acogida y la integración no se hacen en el vacío y con el rostro cubierto.

Es evidente que estos argumentos pueden prestarse también a un uso político y que quien los sostiene no siempre lo hace por amor al cristianismo, sino por otros motivos. Pero conviene aceptar que tales argumentos sean vividos por cada uno según el propio nivel de comprensión y de asimilación, poniendo también en la balanza posibles elementos de instrumentalización. No es correcto negar valor a estos argumentos acerca de la identidad de un pueblo, con la idea de que se prestan a operaciones políticas de breve duración.

Dicho esto, sin embargo, se debe observar que estas argumentaciones son insuficientes. Si las raíces cristianas son defendidas –como es justo hacer, lo repetimos– sólo por motivos históricos o culturales, puede llegar el momento en que las nuevas generaciones ya no sean sensibles a la propia historia pasada, a los propios orígenes culturales, o que incluso lleguen a ser incapaces de leer los signos de la presencia cristiana en torno a nosotros. Es justo alrededor de las bellísimas basílicas góticas de Francia que prospera el nuevo ateísmo y, en general, un joven de hoy no posee las más elementales nociones teológicas para poder leer un retablo, un fresco o un friso. Nuestra historia cristiana puede convertirse en muda. No puede ser solo el “cómo éramos” o el “es de allí que provenimos” lo que nos salve de la secularización que seculariza también el sentido del pasado como el sentido en general y no solo el sentido religioso.

El Belén, como cualquier otra manifestación pública de la fe cristiana, tiene derecho a ser mantenido no sólo porque ahí están nuestros orígenes, sino porque es verdadero. Es sólo la verdad de la religión cristiana lo que vale como título último de su derecho a una presencia en la plaza pública, y es sólo porque esta religión, más que cualquier otra, contribuye al bien común que el poder público debería él mismo defender el Belén o cualquier otro símbolo de aquella fe. Sin el Niño somos todos más pobres, también los poderosos de esta tierra, que gestionan los asuntos públicos sin saber por qué ni cómo y que no están en grado de valorar la verdad de las diversas religiones preocupándose en cambio, con un gesto falsamente liberatorio, de eliminarlas en bloque de la plaza pública:¡todos fuera de aquí! Pero el sentido de este “aquí”, de cuál sea el significado de la comunidad política, a aquel poder se le escapa. En otro caso usaría aquellos criterios para valorizar las religiones y para ver que la fe cristiana es “de rostro humano”.

Las tradiciones mueren si no son continuamente revividas. Cristo no es una tradición aunque la Iglesia tenga una tradición, una tradición viva que se fundamenta sobre la presencia real de Cristo en su historia, precisamente eso que el Belén quiere representar. Las autoridades políticas no lograrán impedir el Belén, aunque esto no quita que se deba luchar para que no lo hagan. No lograrán tampoco defenderlo de la secularización, aunque no podamos eximirnos de pedírselo. Lo que contará al final, es que Cristo sea vivido por los cristianos como Verdadero y como Vivo. No sólo como Vivo, sino también como Verdadero, porque sobre esto se basa su pretensión de estar presente en la plaza pública.

Giampaolo Crepaldi
Arzobispo de Trieste, Presidente del Observatorio Cardinale Van Thuân
Traducción de lexicon canonicum

Texto original en italiano en Osservatorio Cardinale Van Thuân

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