La confesión de los niños antes de la Primera Comunión

30 April 2018

Estamos en período de primeras comuniones. Antes de recibir el sacramento de la eucaristia, es costumbre que los niños hagan su primera confesión.

En la Iglesia latina se desarrolló la tradición de administrar a los niños la comunión una vez que alcanzaran el uso de razón y un cierto conocimiento del sacramento. En el IV Concilio de Letrán (1215-1216) se impuso la obligación de la confesión anual y de la comunión al menos en Pascua, a aquellos que habían llegado a la “edad de discernimiento”. Consta que ambos sacramentos se administraban en la misma edad, y que la primera confesión precedía a la primera comunión. En general, la primera confesión se celebraba alrededor de los 7 años, y la primera comunión, un poco más tarde.

Con el tiempo, la primera comunión se fue retrasando, en ciertos lugares hasta la edad de 10 e incluso 14 años, porque se pensaba que se necesitaba más conocimiento y madurez. Mientras tanto, la primera confesión siguió celebrándose a los 6 o 7 años: al comienzo de la edad del discernimiento. En algunos lugares sucedió también que los niños no eran admitidos a la confesión, por un mal entendido respeto a los sacramentos, que en la práctica hacía que los niños se alejaran por mucho tiempo de ellos.

El decreto Quam singulari (1910) de san Pío X confirmó la doctrina de Letrán. Prescribió la recepción de ambos sacramentos a la misma edad, aquella “en la cual el niño empieza a raciocinar, esto es, los 7 años, poco más o menos”. En cuanto a la primera confesión, estableció la edad “en que se puede distinguir lo bueno de lo malo”.

Sin embargo, en los años 60 del siglo XX, se experimentó posponer la primera confesión en algunos lugares a la primera comunión –a veces muchos años después de la edad de uso de razón– invocando razones de tipo histórico, teológico y psicológico. Así se hizo primero en Holanda.

En 1973, en la declaración Sanctus Pontifex, la Congregación para el Clero y la Congregación de los Sacramentos, con la aprobación de Pablo VI, ordenaron poner fin a todos los experimentos. Sin embargo, la práctica de posponer la primera confesión sigue muy extendida en algunos países, a pesar de que el Catecismo de la Iglesia Católica establece claramente que “los niños deben acceder al sacramento de la Penitencia antes de recibir por primera vez la Sagrada Comunión” (n. 1457).

El Código de Derecho Canónico (cánones 913, 914, 989 y 777) confirma las directivas de san Pío X. Insiste en “una preparación cuidadosa, de manera que [los niños] entiendan el misterio de Cristo en la medida de su capacidad, y puedan recibir el Cuerpo del Señor con fe y devoción” (c. 913). Se afirma también claramente que la preparación de la primera comunión incluye la confesión (c. 914). Insiste en la responsabilidad moral de “los padres en primer lugar, (...) así como también [d]el párroco” (c. 914). No se trata sólo de llevar a los niños a esos sacramentos, sino también de que “se preparen convenientemente” (c. 914).

El Código no habla de las disposiciones requeridas para ser admitido a la primera confesión. Se asume, entonces, que son similares a las de la primera comunión: “que entiendan el misterio de Cristo en la medida de su capacidad” (c. 913).

Algunos alegan que la vida cristiana de los niños tiene que ser alimentada y fortalecida por la gracia a partir del momento en que tienen uso de razón, y que eso se lleva a cabo primera y principalmente por la Eucaristía, no por la confesión. Además, la Eucaristía perdona los pecados leves (en particular en el rito penitencial). Por lo tanto, según ellos no haría falta ofrecer, y menos aún exigir, la confesión a los niños antes de la edad en que se supone que pueden comenzar a cometer pecados más graves (10 ó 12 años). Sí afirman que, si el niño lo quiere y lo pide, tiene el derecho a recibir la absolución.

A eso se puede responder que la confesión confiere una gracia sacramental específica que la vida cristiana también necesita. El Catecismo de la Iglesia Católica dice que la confesión frecuente de los pecados leves   –aunque no es absolutamente necesaria– ayuda para crecer en la vida cristiana (cfr. n. 1458).

Si se practica convenientemente desde joven, la gracia de la confesión contribuye a prevenir los malos hábitos (antes de que lleguen a ser más difíciles de superar), a dar forma a una conciencia más delicada y a avivar los deseos de santidad, que pueden ser profundamente sinceros en los niños. Además, inculca un sentido delicado de la dignidad que se pide para recibir a Jesús Sacramentado.

Si un niño no tiene un sano hábito de confesarse de vez en cuando, parece más que probable que con el tiempo se acostumbre a recibir la comunión sin examinarse con cuidado. Además, la gracia sacramental previene de los pecados más graves (sin eliminar la posibilidad de caer en ellos).

Aunque es obvio que la conciencia moral requiere tiempo para madurar, es innegable que ya a partir de más o menos siete años el niño puede hacer la distinción intelectual y moral entre el bien y el mal. No se conforma con aprenderlo, sino que quiere entender y pide explicaciones.

Promoviendo la confesión temprana, la Iglesia enseña a sus hijos a examinarse, a pedir perdón y a reconciliarse, adquiriendo así una conciencia delicada. En la vida del niño que va madurando, pedir disculpas, reconciliarse, y también examinarse, son actitudes que llegan a ser muy naturales. Los niños comienzan a reconocer la presencia del pecado y la necesidad del perdón ya desde el momento en que aprenden a rezar el padrenuestro (“perdona nuestras ofensas”) y el avemaría (“ruega por nosotros pecadores”), desde el inicio de la catequesis.

Si el niño está preparado para apreciar la importancia del sacramento de la comunión, y su significado de encuentro con el Señor, también puede captar el contenido sacramental del perdón en la confesión. Además, la gracia contribuye a moldear y mejorar sus intenciones y motivos.

La clave está en dedicar tiempo y esfuerzo en realizar una catequesis que los niños puedan asumir. La experiencia pastoral demuestra que el niño, preparado cuidadosamente, no sólo no tiene reparo en confesarse, sino que se siente atraído y queda contento después de su primera confesión.

Corresponde a los padres y a los sacerdotes promover la confesión de los niños, con el deseo de formar sus conciencias y facilitar su crecimiento en la fe y el amor al Señor. Es buena experiencia preparar exámenes de conciencia para niños; ejemplos para completar las explicaciones; ideas para convertir el día de la primera confesión en un día de alegría, etc.

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