Relación entre doctrina y misericordia: la reflexión de un teólogo

16 October 2015

Un artículo del Prof. Paul O’Callaghan (Ordinario de Antropología teológica en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz ) sobre las estructuras que sostienen el matrimonio y la familia, contiene –entre otras consideraciones– una interesante reflexión sobre la relación entre doctrina y misericordia, de la que ofrecemos una traducción de lexicon canonicum. Incluimos al final la referencia del artículo completo, publicado en italiano.

 

 

La relación entre doctrina y misericordia

Frecuentemente, en el debate contemporáneo sobre matrimonio y familia, se contraponen dos enfoques sobre los problemas y sobre los desafíos actuales: la doctrina, por una parte, y la misericordia, por otra; la cabeza, por una parte, y el corazón, por otra; la proclamación del dogma de la fe, por una parte, y la aplicación del Evangelio a la vida humana, por otra; el ideal que se impone, por una parte, y el realismo que acoge, por otra. Los defensores del llamado matrimonio “tradicional” serían los primeros, los idealistas, los defensores de la doctrina; los que, en cambio, aprecian la complejidad de la vida familiar y se acomodan a la realidad vivida en nombre de la misericordia serían los segundos, los realistas.

Descripción simplista de la realidad, sin duda, que no refleja ni la riqueza ni la complejidad de la vida cristiana. Descripción que no tiene en cuenta el hecho de que el Verbo divino, que es la fuerza, la luz, la palabra y la gracia de Dios entre los hombres, se ha encarnado, es decir se ha introducido verdaderamente en el mundo, asumiendo plenamente la condición corporal, social y temporal del mundo creado, del hombre caído… para redimirlo, para salvarlo, pero sin saltar su dinámica y sus tiempos, es más, respetándolos plenamente.

Respecto a la polaridad, muy conocida, entre “doctrina” y “misericordia” conviene señalar que el contenido esencial de la “doctrina” cristiana es la misericordia, mientras que la fuerza que hay detrás de la “misericordia” es la doctrina. Me explico. La doctrina de la fe (en sus diversas expresiones dogmáticas y morales) es el producto último y refinado de la larga y articulada reflexión eclesial sobre el Evangelio, que no es otra cosa que la historia de la misericordia divina que se acerca al hombre para ofrecerle el perdón y la santificación, la historia de salvación que culmina en la vida, muerte y Resurrección de Jesucristo. En efecto, la “doctrina” que la Iglesia proclama es como el néctar de la Sagrada Escritura, resumen del Evangelio de la misericordia. Ciertamente, se trata de una medicina que puede hacer daño, que debe ser administrada en el modo y en la dosis justos, pero no expresa, no contiene otra cosa que el amor misericordioso de Dios. Lo dijo el Papa Francisco en una reciente carta a los teólogos: “La misericordia no es sólo una actitud pastoral, sino la sustancia misma del Evangelio de Jesús” [1]. Y en la Relatio Synodi del Sínodo de los Obispos del 2014, leemos: “El mensaje cristiano siempre lleva en sí mismo la realidad y la dinámica de la misericordia y de la verdad, que en Cristo convergen” [2].

Es cierto que la misericordia es “la sustancia misma del Evangelio”. Pero constituye también una actitud pastoral, puesto que mientras la doctrina –que expresa el perdón y la gracia divina– tiene algo de fijo, abstracto y universal, su aplicación requiere un espíritu de cercanía, de empatía, de aceptación del otro como persona concreta, de paciencia, es más, de espera, de tiempos largos… de misericordia, precisamente. La doctrina nos la ha dado el Señor a través de la Iglesia; la misericordia es una virtud humana y cristiana con la que se aplica la doctrina a las variadas situaciones concretas de los hombres. Quizá se puede resumir su relación en la siguiente fórmula: doctrina + tiempo = misericordia. La doctrina “contiene” la misericordia como la medicina “contiene” la salud. Por eso, “la mayor misericordia es decir la verdad con amor”, como se lee en la Relatio Synodi [3]. Sin embargo, la doctrina se debe comunicar en un modo que respete y refleje la dinámica real de la vida humana, teniendo en cuenta los tiempos, la inercia cultural, psicológica y sociológica de las personas, de sus verdaderas posibilidades corpóreas, temporales, sociales. En el tratamiento médico sería desastroso engañar al paciente negando la gravedad de su enfermedad, dándole un placebo para evitar el dolor a corto plazo. Y sería igualmente impensable “descartar” al paciente como incurable, renunciando al esfuerzo perseverante por parte del médico para sacarlo adelante poco a poco, como por un “plano inclinado” [4]. Y en la pastoral de la Iglesia, especialmente en la pastoral familiar, si falta ese exquisito respeto por la concreta dinámica de las personas, fácilmente la presentación de la doctrina será percibida como “endurecimiento hostil”, para usar la expresión del Papa Francisco, y la misericordia como “buenismo destructivo” [5].

Con una última observación podemos poner fin a esta reflexión. En el Mercader de Venecia, de Shakespeare, Porzia dice: the quality of mercy is twice blest, “la clemencia… desciende del cielo como lluvia suave sobre la tierra, dos veces bendita” [6]. “Dos veces bendita”, dice el texto, y explica: “porque beneficia tanto a quien la recibe como a quien la dispensa”. En efecto, la misericordia debe ser dispensada… Dios no se cansa nunca de perdonar, “Dios perdona todo, y Dios perdona siempre[7], aunque nosotros los hombres no lo sepamos hacer siempre. Y debe ser acogida, con frecuencia fatigosamente, porque requiere un cambio doloroso de mente y de corazón (la conversión, lo que la Escritura llama metanoia). Y en este proceso, Dios quiere que los mismos hombres le acompañen. Los cristianos son, o deben ser, en relación con los otros, como decía Benedicto XVI, “ministros de esperanza” [8]. Porque si la misericordia es inspirada por la virtud cristiana de la caridad, es “presidida” en cierto modo por la virtud de la esperanza, la virtud cristiana que regula los tiempos [9], la virtud que mantiene viva la misericordia.

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[1] Francisco, Carta al Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica Argentina, en el centenario de la Facultad de Teología, 3 de marzo de 2015.
[2] III Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos (5-19 de octubre de 2014), Relatio Synodi, Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización (18 de octubre de 2014), n. 11.
[3] Ibidem, n. 24.
[4] La expresión es de san Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 75 y manifiesta la necesidad de respetar los tiempos y las posibilidades reales de las personas en el crecimiento cristiano.
[5] Francisco, Discurso en la clausura de la III Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos (18 de octubre de 2014).
[6] W. Shakespeare, El mercader de Venecia, IV, 1.
[7] Francisco, Homilía anunciando el Año Santo de la Misericordia (13 de marzo de 2015).
[8] Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi (30 de noviembre de 2007), n. 34.
[9] P. O’Callaghan, Figli di Dio nel mondo. Trattato di antropologia teologica, Edusc, Roma 2013, 404-412.

El artículo completo: P. O'Callaghan,  I tempi dell’amore, della santità e della misericordia. Una riflessione sulle strutture di sostegno del matrimonio e della famiglia, publicado en Héctor Franceschi (a cura di), Matrimonio e famiglia. La questione antropologica. Edusc, Roma 2015, pp. 49-64.

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