Reflexiones sobre misericordia, pastoral y derecho

5 November 2015

El ya cercano inicio del Año jubilar de la Misericordia ofrece la ocasión para dar noticia en lexicon canonicum de un interesante artículo de Eduardo Baura, publicado entre los dos sínodos de 2014 y 2015, sobre la relación entre misericordia y derecho, en un contexto en el que –como indica el autor al comienzo– existe una tendencia “a contraponer de manera más o menos explícita la justicia con la misericordia, el derecho con la pastoral”. El objetivo de su reflexión es mostrar que “se trata de dos exigencias que conducen a la misma finalidad, y que, en lugar de contraponerse, se complementan y se exigen mutuamente”.

El artículo se mueve bien en un razonamiento que es a la vez jurídico, moral y pastoral. Parte de los conceptos de derecho como el objeto de la virtud de la justicia -lo justo es dar a cada uno lo suyo-, y de misericordia, cuyo acto propio “consiste en remover la miseria ajena” y su obra más relevante el don del perdón mediante el que se remueve aquella. Desde el inicio se pone a la misericordia en relación con otras virtudes, que ayudan a comprenderla  mejor: la prudencia; la fidelidad; la fe, que guía la acción prudente y misericordiosa y ayuda a “distinguir lo que son exigencias de la ley humana (…) de lo que proviene del derecho divino ínsito en la realidad histórica y concreta”; la fortaleza, porque “la esencia de la misericordia no consiste en el sentimiento que puede provocar la miseria ajena, sino en la voluntad de remediarla”; la justicia, de acuerdo con la verdad, porque “sin la verdad, el amor se reduce a una caja vacía, que cada uno llena según el propio arbitrio”.

Cristo ha donado a su Iglesia los medios de salvación, de los que la Iglesia es  administradora. Señala Baura con acierto que “la primera relación entre derecho y misericordia en la Iglesia consiste en esta aparente paradoja: los fieles tienen derecho a la misericordia divina (…) en relación a los ministros de la Iglesia”, y los ministros tienen el deber de justicia de administrarla.

El autor analiza seguidamente dos conceptos que intervienen en la actuación de la misericordia respecto de la ley: la dispensa -conocida en los orígenes  como dispensatio misericordiae-, y la oikonomia, principio inspirador de la actividad eclesiástica en los orientales (en algunos casos con ciertos límites y difícil fundamentación).

De esos dos conceptos interesa destacar que “en ambos casos se trata de la posibilidad de emanar disposiciones singulares que contienen una excepción a la norma general. La misericordia que se traduce en una excepción a la regla general tiene que obedecer a una causa justa, que legitime la excepción, y ha de tratarse de un caso verdaderamente extraordinario, insólito, no porque la misericordia sea excepcional, sino porque esta -que no puede disociarse de la verdad ni de la justicia- está contenida habitualmente en la ley general”.

En consecuencia, “se percibe claramente lo desacertado que resulta buscar en las resoluciones excepcionales las soluciones a los problemas de dimensiones generales”, lo que “conduciría a una estéril casuística con todos los riesgos que esta lleva consigo”. La singularidad característica de estas medidas requiere una especial prudencia por parte de la autoridad.

Pasaje clave en el razonamiento del autor es la consideración de la ley divina –a diferencia de la ley humana- como una ley que “actúa desde el interior del ser de las cosas, de tal modo que no es posible una excepción a ella porque sería como pretender decir que algo no es o no debe ser lo que en realidad es. De lo contrario se caería en una concepción voluntarista de la ley divina”. Y expone el ejemplo de la indisolubilidad como propiedad esencial del matrimonio. Otra cosa es el modo humano (abstracto) de formular lo que llamamos leyes o principios de derecho divino: la formulación, “precisamente porque tiene la limitación de la abstracción, puede ser susceptible de excepciones”.

El artículo entra entonces en la relación entre misericordia y derecho en el ámbito de la pastoral matrimonial, en el que es necesaria “la prudencia pastoral iluminada por la fe” y una pastoral llevada a cabo en la verdad: no es derecho de los fieles “lo que ellos desean recibir de los pastores, sino lo que los pastores han recibido de Cristo para administrarlo a los fieles”. A continuación va describiendo cómo se manifiesta la auténtica misericordia en los diversos momentos del sistema matrimonial canónico. Aquí señalamos los puntos salientes de dos aspectos.

Por lo que se refiere a las declaraciones de nulidad, los esfuerzos pastorales deben llevar a  prevenir la nulidad. La actitud pastoral y misericordiosa también comporta facilitar el derecho al proceso justo y a la sentencia justa, también la declarativa de la nulidad cuando consta, pero no el derecho “a la «nulidad», aunque esta sea deseada por los cónyuges”. Y aquí se vuelve a poner de manifiesto la clave de comprensión de la misericordia en el derecho: una sentencia contraria a la verdad “es un acto injusto respecto de los cónyuges y de la comunidad y, al ser injusto (porque quita ilegítimamente lo que pertenece a los titulares), no puede ser de ninguna manera misericordioso”. Y no puede serlo, porque criterio prudencial clásico de la concesión de la dispensatio misericordiae, es precisamente “el de evitar el periculum animae del beneficiado”, porque “la suprema ley de la Iglesia es la salus animarum, (…) y esta debe ser la finalidad de toda acción verdaderamente pastoral”.

En cuanto a a los fieles divorciados y vueltos a casar civilmente, “tienen en todo caso el derecho a recibir la palabra de Dios y la ayuda de la Iglesia para caminar hacia la salvación”. Baura señala la importancia de tratar esta cuestión desde la perspectiva de la fe, que ayuda a identificar el verdadero bien de las personas y lleva a la convicción de que “es la verdad la que conduce al hombre a la felicidad, de manera que, en vez de intentar acomodar el Evangelio a las costumbres sociales, se deberá exhortar a los hombres a que adapten su conducta al Evangelio”. La cuestión ya no es, entonces, si se puede administrar o no la comunión a estos fieles, sino “si la comunión eucarística es un bien para ellos, o sea, un bien que les ayuda a alcanzar la comunión eterna o si, por el contrario, no sería darles a comer la «propia condenación» (1 Cor 11, 29), ya que la acción justa y misericordiosa no es necesariamente dar lo que el otro pide, sino darle su bien. Además, no se deben descuidar los bienes de las otras personas, de modo especial el de los hijos de estos fieles”.

En este contexto se ha de valorar el n. 84 de Familiaris consortio, cuando establece que el verdadero arrepentimiento de estos fieles comporta la asunción del compromiso a vivir la plena continencia. La alternativa planteada de un posible camino de «penitencia», “no llevaría a un cambio de vida, por lo que no se ve dónde está la penitencia ni la remoción del mal o qué bien (verdadero) se concede a la persona, es decir, no se ve dónde está la misericordia”. Parece que en esa postura se deja de lado la fe y la esperanza, y se olvida el ser de la Eucaristía y la dimensión escatológica de Iglesia.

Añade el autor que “el dejar a una persona en el camino que objetivamente no conduce a la salvación -si bien la persona concreta, cuya conciencia no nos es posible juzgar, podrá salvarse por la misericordia de Dios- y acompañarla pero sin ayudarla a cambiar el camino emprendido, más aún, cambiando fraudulentamente la «señal de tráfico», es un acto gravemente injusto respecto de ella, ya que tiene el derecho de conocer al menos la «señalización» de la Iglesia”. En cambio, la solución de FC n. 84 comporta “hacerse cargo de las personas, dándoles una esperanza real, que pasa justamente por la cruz”: con la gracia de Dios se puede alcanzar el arrepentimiento y decidir cambiar de vida.

Se pone así de manifiesto la necesidad de no perder de vista la naturaleza de la verdadera misericordia. Como afirma el Papa Francisco: «La misericordia auténtica se hace cargo de la persona, la escucha atentamente, se acerca con respeto y con verdad a su situación, y la acompaña en el camino de la reconciliación. Y esto es fatigoso, sí, ciertamente». Pero es la verdadera misericordia, la que hace feliz a quien la recibe y a quien la practica.

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Datos de la publicación: E. Baura, Primacía de la persona, Misericordia, Oikonomia y Derecho, en En la salud y en la enfermedad. Pastoral y Derecho al servicio del matrimonio, N. Álvarez de las Asturias (coord.), Madrid 2015, pp. 75-111.

El artículo completo se encuentra aquí

Eduardo Baura es profesor ordinario de Parte General del Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz

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